Biógrafa de Stephen Hawking explica por qué él desechó la idea de Dios

Tomado del Diario El Tiempo

Stephen Hawking

Este es un fragmento del libro ‘Stephen Hawking. Su vida y obra’, escrito por Kitty Ferguson.

Un golpe a la inmortalidad

Hawking reveló sin tapujos parte de su visión personal de la realidad en una entrevista en ‘The Guardian’ y una conferencia en una reunión de Google Zeitgeist en Londres, en la primavera del 2011. El titular en el que se citaban sus palabras decía: “No existe un cielo o una vida después de la muerte… Eso es un cuento para las personas que tienen miedo de la oscuridad”.

Por supuesto, Hawking estaba expresando una opinión sobre algo de lo que nadie, ni siquiera él, tenía un conocimiento científico demostrable, ya fuera a favor o en contra, pero explicó su postura exponiendo su visión del cerebro humano.

Una corriente de pensamiento de los investigadores que estudian el cerebro lo considera un ordenador, donde la ‘mente’ no es más que un producto de él, y Hawking al parecer había decidido unirse al grupo. “Considero que el cerebro es como un ordenador que dejará de funcionar cuando le fallen los componentes. No hay un cielo o una vida después de la muerte para los ordenadores estropeados”. Ergo, no hay cielo ni vida más allá para nosotros. En respuesta a la pregunta ¿cómo deberíamos vivir?, Hawking dijo: “Deberíamos procurar que nuestras acciones tuvieran el mayor valor posible”.

Como cabía esperar, la entrevista de Hawking provocó muchas reacciones. Aunque algunos la interpretaron como una declaración de ateísmo, otros destacaron que hablaba de la creencia en la inmortalidad humana, no de la creencia en Dios. No todo el mundo que cree en Dios cree también en el cielo o en una vida después de la muerte.

Otros lectores comentaron que a menudo se puede trasladar todo el contenido intelectual de un ordenador a uno nuevo o incluso a un ‘lápiz de memoria’ cuando muere un ordenador, y preguntaban en tono de burla si eso podría representar una especie de transmigración del alma.

‘The Guardian’ publicó una respuesta reflexiva completa, aunque era más larga que el artículo original de la entrevista. El autor, Michael Wenham, tiene ELA (la misma enfermedad de Hawking). Para alguien que “se enfrenta a la posibilidad de una muerte temprana -escribió Wenham- y probablemente con un preludio desagradable, la idea de extinguirse no supone más miedo que reposo. Es realmente insultante acusarme de creer que puede haber vida después de la muerte porque me da miedo la oscuridad”.

Wenham decía que las declaraciones de Hawking eran “tristes y mal informadas al mismo tiempo. La apertura a la posibilidad teórica de que haya once dimensiones y partículas fundamentales ‘por descubrir de momento’ muestra una humildad intelectual que entra en contradicción de forma extraña con descartar la posibilidad de otras dimensiones de la existencia”.

Wenham terminó su respuesta de la siguiente manera: “Por supuesto, no puedo demostrarlo, pero me jugaría la vida por una buena razón a que más allá de la muerte habrá otra gran aventura, pero primero tengo que terminar esta”. ¿Tal vez Stephen Hawking esté listo para otra apuesta?

Lo que vino después

En la actualidad, Hawking cuenta con dos alumnos de posgrado y sigue siendo el centro de atención en la sala común a la hora del té, ya que ahora sí hay una sala común a poca distancia del despacho de Hawking, al girar la esquina en el pasillo, pasado el ascensor.

Hay un cartel en la entrada que dice ‘Sala Potter’, pero oficialmente es el Centro de Cosmología Teórica y se utiliza, además de para tomar el té, para celebrar reuniones, ponencias y conferencias. La sala es grande y agradable, con mesas bajas, sillas y una barra para servir comida y bebida en un rincón, débilmente iluminada, igual que lo estaba la sala común de Silver Street durante la mayor parte del día. Unas grandes pizarras negras -algo que le faltaba a la antigua sala común- cubren buena parte de las dos paredes. Nunca las he visto sin ecuaciones garabateadas. En un rincón de la sala hay un busto de Hawking sobre un pedestal, como director de investigación del centro. El parecido es fantástico, obra del escultor Ian Walters.

Hawking sigue viviendo en la gran casa que construyó para él y Elaine. Sigue yendo con frecuencia a conciertos y a la ópera, sobre todo a las obras de Wagner (cuando lo visité en noviembre, tenía planeado ir a ver Tannhäuser la semana siguiente en Covent Garden), aunque últimamente no ha estado en Bayreuth. Continúa viajando, de ser posible en jet privado.

En enero del 2011, volvió a Caltech. Cuando asistió a una obra de teatro en Los Ángeles, Variations , en la que Jane Fonda interpretaba a una musicóloga que padece las primeras etapas de ELA, al parecer, la actriz estaba tan ilusionada por conocerlo como muchos de sus seguidores lo estarían por conocerla a ella.

En marzo del 2011 tuve que apresurarme para poder hacer una serie de preguntas a Hawking antes de que volviera a cruzar el Atlántico para dar una conferencia en Cook’s Branch, cerca de Houston, Texas, un centro de conferencias rural situado en una reserva natural donde se reúnen anualmente físicos de todo el mundo, deseosos de verse, de hincarles el diente a cuestiones teóricas que a los demás nos dejarían boquiabiertos, ansiosos por pasar algunos apuros, durmiendo en bungalows con ventiladores de techo que giran perezosos.

En Cambridge, y cuando visita Seattle o Arizona, donde Lucy pasa parte del tiempo, Hawking tiene una buena relación con su familia, que ahora incluye a tres nietos (William, el hijo de Lucy, y los dos hijos de Robert y Katrina), además de a Jane y a su marido, Jonathan. Asimismo, cuenta de nuevo con una estrecha relación con Lucy, que desarrolló cuando escribieron juntos sus libros.

En una entrevista en abril del 2011, preguntaron a Hawking a qué momento de su pasado regresaría si pudiera viajar en el tiempo, cuál era el mejor momento de todos. Su respuesta fue: “Volvería a 1967, cuando nació mi primer hijo, Robert. Mis tres hijos me han dado grandes alegrías”.

Su madre, Isobel, en el momento de escribir este libro, sigue viva, con noventa y tantos años, y sigue dándole órdenes de vez en cuando. Ha declarado, con toda franqueza: “Probablemente no haya que tomarse todo lo que dice Stephen como si fuera una verdad evangélica. Es investigador, busca cosas. Y puede que a veces diga tonterías, bueno, ¿acaso no lo hacemos todos? La gente debe pensar, debe seguir pensando, debe intentar ampliar las fronteras del conocimiento, aunque a veces no sepa por dónde empezar. No se sabe dónde están las fronteras, ¿no?”.

John Wheeler llamó a esos límites, esas fronteras, no solo de la ciencia sino del conocimiento humano, “las murallas encendidas del mundo”. Y sí, sabemos dónde están. No solo están en algún lugar lejano. Llenan nuestro mundo. Tal y como Hawking ha declarado sobre sus propias aventuras en esas murallas: “Retrospectivamente, puede parecer que existía un diseño magnífico y premeditado para afrontar los extraordinarios problemas relacionados con el origen y la evolución del universo, pero en realidad no era cierto. Yo no tenía un plan maestro, más bien seguí mi instinto e hice lo que me parecía interesante y posible en cada momento”.

Hawking regresó a Cambridge de Texas y Arizona (donde visitó a Lucy y a William) a mediados de abril del 2011, el día que terminé de escribir este libro. Joan Godwin fue a su casa a prepararle algo de comer. Su despacho estaba preparado, las piedras emitían su vapor. ‘El jefe’ había vuelto, listo para continuar sus aventuras mientras su salud y su capacidad de comunicación se lo permitieran, un niño que nunca ha crecido del todo, que aún se pregunta cómo y por qué, que en ocasiones encuentra una respuesta que lo satisface, al menos, durante un tiempo.

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